«Pero os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen»
Mateo 5:44
Reflexión
«El mal no tiene la última palabra
1. ¿Qué quiso comunicar el autor?
Estas palabras forman parte del Sermón de la Montaña. Jesús acaba de recordar: «Amarás a tu prójimo», pero lleva ese mandato más allá de sus fronteras habituales: también el enemigo queda dentro del alcance del amor.
Y no habla solamente de alguien que nos resulta desagradable. Añade: «orad por los que os persiguen». Está hablando también de quien actúa contra nosotros.
¿Por qué pedir algo tan difícil?
Jesús lo explica inmediatamente después: el Padre «hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,45).
Ahí está el centro del pasaje.
Jesús no propone amar al enemigo porque sea una buena estrategia para evitar conflictos o porque nos convierta en mejores personas. La razón es otra: Dios no deja de amar cuando su amor no es correspondido.
Amar al enemigo tampoco significa negar el daño, justificar una injusticia o renunciar a protegerse. Significa intentar que el comportamiento del otro no determine por completo nuestra propia manera de responder.
Porque amar a quien nos ama pertenece a la reciprocidad humana. Jesús pregunta qué ocurre cuando esa reciprocidad desaparece.
Ahí comienza la radicalidad de su propuesta.
- ¿Cómo lo ha entendido la Iglesia?
San Juan Crisóstomo vio en este pasaje la culminación de un recorrido: Jesús conduce progresivamente al discípulo desde no devolver el mal hasta algo mucho más exigente: amar a quien se ha convertido en enemigo y orar por él.
La tradición cristiana ha mantenido una distinción fundamental: amar al enemigo no significa amar el mal que realiza.
Benedicto XVI llamó a este mandato el núcleo de la «revolución cristiana». No consiste en rendirse ante el mal, sino en responder al mal con el bien y romper la cadena por la que una injusticia provoca otra injusticia.
Francisco ha recordado que estas palabras no son una exageración de Jesús. El amor al enemigo se encuentra en el corazón mismo del Evangelio.
Por eso es posible denunciar una injusticia, establecer límites, protegerse o exigir responsabilidades y, al mismo tiempo, intentar que el odio hacia quien nos ha hecho daño no termine gobernando nuestra propia vida.
- ¿Qué nos dice hoy?
Quizá cuando pensamos en un enemigo imaginamos a alguien que nos ha causado un daño grave.
Pero existe otra forma de enemistad mucho más cotidiana.
Vivimos rodeados de situaciones en las que resulta fácil dividir la realidad entre «los nuestros» y «los otros». Lo vemos en la política, las redes sociales, los debates culturales e incluso en algunas conversaciones familiares.
A veces dejamos de discutir una idea y comenzamos a despreciar a la persona que la sostiene.
El adversario deja entonces de ser alguien con quien discrepamos y se convierte en alguien a quien definimos únicamente por aquello que rechazamos de él.
Jesús introduce una ruptura radical en esa lógica.
No nos pide que abandonemos nuestras convicciones ni que consideremos igualmente válidas todas las ideas. Podemos combatir una idea, denunciar una injusticia y establecer límites.
La pregunta es otra:
¿Qué hacemos con la persona que está detrás de aquello que rechazamos?
Podemos oponernos firmemente a lo que alguien hace o piensa sin dejar de reconocer su dignidad.
Quizá una de las formas contemporáneas de comenzar a amar al enemigo empiece exactamente ahí.
El mal recibido no tiene por qué tener la última palabra sobre nuestra manera de amar.
- Para tu vida
Piensa en alguien que te haya herido o con quien mantengas una diferencia profunda.
No necesitas justificar lo que ha hecho.
No necesitas estar de acuerdo con lo que piensa.
Ni siquiera necesitas acercarte si hacerlo puede volver a causarte daño.
Pregúntate solamente:
¿Puedes mantener tus límites, defender aquello en lo que crees y oponerte a lo que consideras injusto sin convertir al otro en alguien a quien despreciar?
Porque quizá el primer paso para amar al enemigo no sea sentir afecto por él.
Quizá sea negarnos a dejar de reconocerlo como persona.
Feliz día.»
