«¡Mirad! Guardaos de toda avaricia, porque aunque uno tenga mucho, no está la vida en las riquezas.»
Lucas 12:15
Reflexión
«1. ¿Qué está diciendo Jesús?
Todo comienza con una herencia.
Un hombre pide a Jesús que intervenga para que su hermano la reparta con él. Pero Jesús lleva la conversación hacia una cuestión más profunda.
No habla primero de cuánto corresponde a cada uno.
Habla de qué lugar pueden llegar a ocupar los bienes en nuestra vida.
Por eso advierte contra la avaricia y añade una frase decisiva:
«Aunque uno tenga mucho, no está la vida en las riquezas.»
Jesús no está diciendo que poseer bienes sea malo.
Trabajar, ahorrar, prosperar o preparar el futuro forman parte de la vida. La propia Iglesia reconoce la legitimidad de la propiedad privada y su importancia para la libertad, la dignidad y las necesidades de las personas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2402).
La cuestión es otra:
¿En qué hacemos descansar nuestra vida?
Jesús lo explica inmediatamente mediante la parábola de un hombre que obtiene una cosecha extraordinaria. Construye graneros mayores y piensa que, teniendo bienes para muchos años, puede sentirse definitivamente seguro.
Pero esa misma noche muere.
Su error no fue tener una buena cosecha.
Fue confundir una vida económicamente asegurada con una vida verdaderamente asegurada.
Los graneros podían almacenar su cosecha.
No podían almacenar su vida.2. Una mirada desde la tradición cristiana.
San Agustín se detuvo en un pequeño detalle de este pasaje. Jesús no advierte solamente contra la avaricia, sino contra «toda» avaricia.
Porque el problema no depende únicamente de cuánto poseemos.
Podemos tener mucho sin convertirlo en el centro de nuestra existencia. Y también podemos tener poco y vivir permanentemente dominados por el deseo de conseguir más.
Los bienes materiales son bienes reales. Pueden proporcionarnos seguridad, libertad y oportunidades. También pueden ayudarnos a cuidar de otras personas y contribuir al bien común.
El cristianismo no propone despreciarlos.
Propone ordenarlos.
Por eso quizá la pregunta más importante no sea cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa en nuestra vida aquello que tenemos.
No se trata solamente de cuánto posees, sino de cuánto de ti posee aquello que tienes.
- ¿Qué nos dice hoy?
Vivimos en una sociedad que necesita medir.
Medimos ingresos, patrimonio, resultados, productividad, propiedades, reconocimiento, experiencias…
Muchas de esas mediciones son necesarias.
El problema comienza cuando aquello que podemos medir termina convirtiéndose en la medida de nuestra propia vida.
Entonces podemos empezar a pensar:
Cuando consiga esto, estaré tranquilo.
Cuando gane un poco más.
Cuando tenga determinada posición.
Cuando alcance aquella cifra.
Cuando pueda permitirme determinada forma de vida.
Pero el «suficiente» puede desplazarse continuamente.
Lucas introduce aquí una distinción profundamente actual:
la seguridad económica y la seguridad existencial no son la misma cosa.
El dinero puede resolver muchos problemas y proporcionarnos oportunidades extraordinarias.
Pero no puede decidir qué merece nuestro tiempo.
No garantiza la profundidad de nuestras relaciones.
No determina qué clase de persona queremos ser.
Ni puede impedir que nuestra vida termine.
Jesús no nos invita a despreciar los bienes.
Nos invita a no pedirles aquello que nunca podrán darnos.
- Para tu vida
Imagina por un instante que aquello que estás intentando conseguir finalmente llega.
La estabilidad.
El reconocimiento.
La casa.
El patrimonio.
El éxito de un proyecto.
Aquello que para ti signifique haber llegado.
Ahora pregúntate,
¿Qué parte importante de mi vida seguiría sin poder comprar todo eso?
Quizá la respuesta te ayude a descubrir qué significa realmente, para ti, ser rico.
Feliz día.»