«Muerte y vida dependen de la lengua, según se utilice así será el resultado.»
Proverbios 18:21
Reflexión
- ¿Qué quiso comunicar?
El sabio nos recuerda que las palabras nunca son indiferentes. Con ellas podemos consolar o herir, reconciliar o dividir, levantar el ánimo o apagar la esperanza.
La forma en que hablamos no solo influye en los demás, también va modelando, nuestro carácter, nuestras relaciones y, poco a poco, nuestro propio modo de vivir.- La Iglesia nos ayuda a comprenderlo
Jesús lleva esta enseñanza hasta su raíz cuando dice:
«De la abundancia del corazón habla la boca.” (Mt 12,34)
La tradición de la Iglesia ha profundizado en esta verdad durante siglos.
San Agustín recuerda que las palabras nacen del amor o del desorden del corazón. San Benito enseña que el silencio es una escuela para aprender a escuchar antes de hablar.
No basta con cuidar las palabras. También es necesario cuidar el corazón del que brotan.- Hoy sigue hablándonos
Hoy escuchamos con frecuencia que una buena comunicación requiere saber escuchar, comprender las emociones y responder con serenidad. Son habilidades muy valoradas en la educación, la empresa y las relaciones personales.
Resulta sugerente descubrir que la tradición cristiana lleva siglos invitándonos a recorrer ese camino desde una perspectiva más profunda. La transformación del corazón.
No porque el Evangelio sustituya el conocimiento que aportan la psicología o la inteligencia emocional, sino porque nos recuerda que toda palabra adquiere su verdadero sentido cuando nace del amor.- Para hoy
Antes de responder impulsivamente, detente un instante.
Pregúntate:
¿Estas palabras nacen de la prisa, del miedo o del orgullo… o nacen del amor?
Quizá esa breve pausa no cambie solo una conversación.
Quizá empiece a transformar también tu corazón y, en cierta manera, tu entorno.
Feliz día.»