Una luz que guía a todos los pueblos

«Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.»

Isaías 60:30

Reflexión

«1. ¿Qué quiso comunicar el autor?

Isaías habla de Jerusalén después de haber conocido la oscuridad y la devastación. Pero el capítulo comienza con una promesa: «Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60:1).

La luz de la que habla el profeta no nace de Jerusalén. Es la gloria de Dios que resplandece sobre ella.

Por eso los pueblos caminan hacia su luz. Isaías anuncia la restauración de Jerusalén, pero abre al mismo tiempo un horizonte mucho mayor: aquello que Dios realiza en Israel está llamado a convertirse en signo para las naciones.

Jerusalén no atrae porque proclame su propia grandeza. Atrae porque primero ha sido iluminada.

  1. ¿Cómo lo ha entendido la Iglesia?

La tradición cristiana ha leído estas palabras a la luz de Cristo.

Isaías 60:1-6 forma parte de la liturgia de la Epifanía. La llegada de los Magos expresa precisamente esa imagen, pueblos que vienen desde lejos atraídos por una luz.

Benedicto XVI utilizó una comparación especialmente sencilla para explicar esta relación: Cristo es la verdadera luz y la Iglesia está llamada a reflejarla como la luna refleja la luz del sol.

La distinción es importante. La Iglesia no es la fuente de aquello que anuncia. Recibe una luz que está llamada a hacer visible.

Por eso el testimonio cristiano no debería depender del poder, del prestigio o de la imposición, sino de permitir que aquello que se anuncia pueda reconocerse también en la manera de vivir.

  1. ¿Qué nos dice hoy?

Vivimos en una época que concede un enorme valor a la visibilidad.

Personas, empresas, instituciones y redes sociales compiten constantemente por nuestra atención. También nosotros podemos dedicar mucho esfuerzo a decidir cómo queremos ser percibidos.

Isaías introduce una lógica diferente.

Jerusalén no intenta convencer a las naciones de que posee luz. La luz está presente y los demás pueden reconocerla.

Esta diferencia resulta especialmente significativa en un tiempo en el que disponemos de numerosas herramientas para construir nuestra imagen. El problema no está en cuidar cómo nos presentamos ante los demás. Aparece cuando aquello que mostramos comienza a alejarse de aquello que realmente somos.

Hay personas que no necesitan proclamar constantemente sus valores. Podemos reconocerlos en cómo escuchan, trabajan, deciden, afrontan una dificultad o tratan a los demás.

Su credibilidad no procede solamente de lo que dicen ser, sino de la correspondencia entre aquello que dicen y aquello que viven.

Quizá por eso algunas personas dejan una huella sin haber intentado ocupar nunca el centro.

Isaías nos invita a cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos únicamente cómo queremos ser vistos, podemos preguntarnos:

¿Qué encuentran realmente los demás cuando se acercan a nosotros?

La verdadera luz no necesita ocupar el centro, se reconoce por lo que hace visible.

  1. Para tu vida

Todos proyectamos algo sobre quienes nos rodean, incluso cuando no somos conscientes de ello.

Nuestra manera de hablar, de escuchar, de trabajar, de reaccionar ante una dificultad o de tratar a quien no puede ofrecernos nada a cambio termina diciendo algo acerca de nosotros.

Tal vez hoy puedas detenerte ante una pregunta diferente:

¿Qué hay en tu manera de vivir que no necesitas explicar para que los demás puedan reconocerlo?

Isaías recuerda que Jerusalén no crea la luz que atrae a los pueblos, la recibe y la refleja. Tal vez ahí se encuentre también una invitación para nuestra vida: no preocuparnos únicamente por la imagen que proyectamos, sino por aquello que realmente estamos dejando ver.

Feliz día.»

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