«Por nuestra parte, hemos conocido y hemos puesto nuestra confianza en el amor que Dios nos tiene.
Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él.»
Juan 4:16
Reflexión
- ¿Qué quiso comunicar el autor?
Juan no comienza diciendo cuánto debemos amar a Dios. Comienza recordando algo anterior: Dios nos ha amado primero.
Por eso escribe: «hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él». Los dos verbos importan. No basta con conocer ese amor, hay que llegar a confiar en él.
Después Juan formula una de las afirmaciones más profundas del cristianismo: «Dios es amor». No dice únicamente que Dios ama, sino que el amor pertenece al misterio mismo de quién es Dios.
Desde ahí se comprende la última palabra clave del versículo: permanecer. Juan no habla de una emoción pasajera. Habla de aprender a vivir en ese amor hasta convertirlo en una manera de relacionarnos con Dios, con los demás y con nuestra propia vida.
El recorrido es sencillo y profundo, descubrir que somos amados, confiar en ese amor y aprender a permanecer en él.
- ¿Cómo lo ha entendido la Iglesia?
Benedicto XVI escogió precisamente este versículo para comenzar su primera encíclica, Deus caritas est. Vio en estas palabras una síntesis del corazón de la fe cristiana: el cristianismo no comienza simplemente con una norma moral o una idea, sino con el encuentro con un Dios que ama primero.
Esto cambia el punto de partida.
El amor cristiano no comienza con una exigencia: “tienes que amar”. Comienza con un descubrimiento: eres amado.
Solo después llega la respuesta.
Por eso, para la tradición cristiana, amar a los demás no es únicamente cumplir una regla de buena conducta. Es permitir que el amor recibido transforme nuestra manera de mirar, tratar y relacionarnos con ellos.
- ¿Qué nos dice hoy?
Podemos saber que alguien nos ama y, sin embargo, no vivir confiando verdaderamente en ese amor.
Podemos ser queridos y continuar buscando aprobación. Podemos recibir reconocimiento y seguir necesitando demostrar nuestro valor. Existe una distancia entre saber que somos amados y vivir desde la certeza de serlo.
Juan parece reconocer esa distancia cuando une dos verbos, conocer y creer.
Pero sus palabras plantean una segunda cuestión. Buena parte de nuestra vida puede organizarse alrededor de una pregunta silenciosa: ¿qué tengo que hacer para que me quieran, me valoren o me acepten?
Juan invierte el punto de partida. Antes de preguntarnos cómo conseguir amor, habla de un amor que ya ha tomado la iniciativa.
Y todavía introduce una tercera diferencia, sentir no es lo mismo que permanecer.
Las emociones cambian. Las circunstancias también. Permanecer significa que el amor puede convertirse en paciencia, cuidado, fidelidad, comprensión, perdón o respeto incluso cuando amar deja de resultar fácil.
Saber y confiar.
Buscar y recibir.
Sentir y permanecer.
Pero Juan no está ofreciendo únicamente una reflexión sobre nuestras relaciones o nuestra seguridad emocional. Lleva estas experiencias hasta una afirmación mucho más radical: «Dios es amor».
Para el cristiano, por tanto, aprender a vivir desde el amor recibido no significa solamente vivir mejor. Juan afirma algo más profundo: «quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él».
No basta con saber que somos amados. La vida cambia cuando aprendemos a confiar en ese amor y a permanecer en él.
- Para tu vida
Piensa por un momento en tu manera de relacionarte con los demás y contigo mismo.
¿Cuántas de tus decisiones nacen del amor y cuántas de la necesidad de sentirte aceptado, reconocido o valorado?
Y quizá puedas hacerte hoy una pregunta más:
¿Qué cambiaría en tu vida si vivieras un poco más desde la certeza de ser amado y un poco menos desde la necesidad de demostrar que mereces serlo?
Feliz día.»
