“Por eso es preciso que empuñéis las armas que Dios os proporciona, a fin de que podáis manteneros firmes en el momento crítico y superar todas las dificultades sin ceder un palmo de terreno.”
Efesios 6:13
Reflexión
Me hace pensar en la resiliencia, en seguir constantemente en la búsqueda de lo que hemos venido a hacer a esta vida.
La resiliencia no es solo cuestión de carácter fuerte, sino de llevar puesta la armadura que Dios ofrece: verdad, justicia, fe, salvación, palabra y oración. Perseverar en aquello para lo que hemos sido llamados en esta vida exige aceptar que habrá “días malos”, momentos críticos en los que nuestras fuerzas humanas no bastan; justo ahí la armadura de Dios nos sostiene y evita que retrocedamos. Cuando nuestro propósito se enraíza en Él, la búsqueda de lo que hemos venido a hacer deja de ser una carrera por lograr más, y se convierte en un camino de fidelidad: avanzar, resistir y seguir en pie, incluso cuando el terreno parece inclinarse en contra.
Creo que la vid y el olivo explican mejor el carácter humano que muchos libros de psicología.
Sus troncos son retorcidos, ásperos, aparentemente castigados, testigos mudos del paso del tiempo. Crecen despacio, soportan la sequía, el viento y los inviernos. Sin embargo, de ellos nacen algunos de los frutos más valiosos de nuestra cultura.
No prosperan porque sean las especies más fuertes, sino porque han desarrollado una extraordinaria capacidad de adaptación al terreno que las sustenta.
Con las personas ocurre algo parecido.
El entorno no determina quiénes somos, pero sí influye en cómo aprendemos a vivir. Cada experiencia, cada dificultad y cada contexto dejan una huella. Igual que el terreno modela el crecimiento de la vid y del olivo, la vida, el entorno, la transmisión de patrones psicológicos, los hábitos y las costumbres de la sociedad en la que vivimos van esculpiendo nuestro carácter.
Por eso, en las organizaciones y en la sociedad encontramos personas que parecen duras, reservadas o poco expresivas. Con frecuencia no son así por elección, sino porque esa fue la forma más eficaz de adaptarse al terreno que les tocó recorrer.
Toda adaptación tiene un beneficio y un coste.
La prudencia puede convertirse en desconfianza. La fortaleza, en dificultad para mostrar vulnerabilidad. La resistencia, en rigidez. Aquello que un día nos permitió avanzar puede acabar limitándonos cuando el entorno cambia.
Quizá ahí reside uno de los mayores desafíos del liderazgo, dejar de juzgar únicamente el comportamiento y empezar a comprender el proceso que lo hizo posible.
Porque un buen líder no intenta cambiar el tronco a golpes. Primero procura entender el terreno que lo ha moldeado.
Antes de juzgar la forma de un tronco, conviene conocer la geografía que lo moldeó.
Feliz día.»