Caminar en la luz nos une y nos limpia

«Pero si caminamos en la luz, como él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado»

Juan 1:7

Reflexión

«La luz de Dios no revela nuestra verdad para condenarnos, sino para transformarnos

¿Qué quiso comunicar el autor?

Juan parte de una afirmación fundamental: «Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por eso utiliza una imagen muy expresiva para hablar de nuestra relación con Dios: caminar en la luz.

Caminar implica movimiento y dirección. No significa haber alcanzado la perfección. De hecho, inmediatamente después Juan advierte que «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos» (1 Jn 1,8).

Pero caminar en la luz tampoco consiste solamente en reconocer nuestras imperfecciones. Juan une esa luz con nuestra manera de vivir y con la «comunión unos con otros». La relación con Dios termina haciéndose visible también en nuestra relación con los demás.

Y añade algo decisivo, no somos nosotros quienes conseguimos purificarnos mediante nuestro propio esfuerzo. Es «la sangre de Jesús, su Hijo», su entrega salvadora en la cruz, la que «nos purifica de todo pecado».

¿Cómo lo ha entendido la Iglesia?

San Agustín encontró aquí una aparente contradicción, si Dios es luz y todavía existe pecado en nosotros, ¿cómo podemos caminar en la luz?

Su respuesta ofrece una clave muy profunda. Reconocer sinceramente el propio pecado significa que la verdad ha comenzado a ocupar el lugar del engaño. Tener todavía oscuridades no es lo mismo que elegir vivir en las tinieblas.

El Catecismo utiliza una imagen semejante: “como el médico necesita descubrir una herida antes de curarla, la gracia de Dios ilumina aquello que necesita conversión”.

La tradición cristiana no nos invita, por tanto, a presentarnos ante Dios como si ya fuéramos perfectos. Nos invita a caminar en su luz y a dejarnos transformar por su gracia.

¿Qué nos dice hoy?

No siempre resulta fácil mirar aquello que no nos gusta de nosotros mismos.

Cuando descubrimos un error, una reacción injusta o una actitud que contradice lo que decimos valorar, podemos ocultarlo, justificarlo o reconocerlo.

Ocultarlo protege nuestra imagen. Justificarlo evita momentáneamente la responsabilidad. Reconocerlo puede resultar incómodo, pero abre la posibilidad de cambiar.

Y también puede cambiar nuestras relaciones. Decir «me equivoqué», pedir perdón o abandonar la necesidad de tener siempre razón puede recuperar espacios de encuentro que la defensa de nuestra propia imagen había cerrado.

Juan, sin embargo, va todavía más lejos. No afirma simplemente que conocernos mejor nos hará mejores. Señala a Cristo. Caminar en la luz significa permitir que Dios alcance también aquello que necesita ser purificado.

La luz de Dios no revela nuestra verdad para condenarnos, sino para transformarnos.

Para tu vida

Quizá exista algo en tu manera de actuar o de relacionarte que prefieres no mirar demasiado de cerca.

No necesitas resolverlo ahora. Puedes empezar simplemente por mirarlo con sinceridad, sin ocultarlo y sin justificarlo.

¿Qué podría empezar a cambiar, en ti o en tu relación con los demás, si dejaras que la luz alcanzara también aquello que hoy prefieres no mirar?

Feliz día.»

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