La compasión que nos hace semejantes al Padre

«Sed compasivos como también vuestro padre es compasivo»

Lucas 6:36

Reflexión

«1. ¿Qué quiso comunicar el autor?

Jesús pronuncia estas palabras después de una de las enseñanzas más exigentes del Evangelio: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian» (Lc 6:27).

El contexto es importante. Jesús no habla simplemente de sentir compasión. Está proponiendo una manera diferente de relacionarnos con quien nos hiere, nos decepciona o actúa contra nosotros.

Nuestra reacción habitual responde muchas veces a una lógica de reciprocidad. Tratamos bien a quien nos trata bien, pero cuando recibimos desprecio, agresión o injusticia sentimos fácilmente el impulso de devolver aquello que hemos recibido.

Jesús introduce otra posibilidad.

Un versículo antes recuerda que Dios «es bueno con los ingratos y los malos» (Lc 6:35). Por eso añade: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso».

La conducta del otro deja de ser la única medida de nuestra respuesta. La referencia pasa a ser la manera de actuar de Dios.

2. ¿Cómo lo ha entendido la Iglesia?

La Iglesia ha visto en estas palabras mucho más que una recomendación para mejorar la convivencia.

El papa Francisco escogió precisamente «Misericordiosos como el Padre», inspirado en este versículo, como lema del Jubileo de la Misericordia. Al comentarlo explicó que el ser humano no puede igualar la misericordia infinita de Dios, pero sí convertirse en signo y testigo de ella.

La misericordia cristiana tampoco significa justificarlo todo.

Podemos reconocer una injusticia, poner límites, exigir responsabilidades o alejarnos de quien nos hace daño. La diferencia está entre juzgar una conducta y reducir a una persona a aquello que ha hecho.

La misericordia no niega el mal. Se niega a aceptar que el mal tenga la última palabra sobre una persona.

3. ¿Qué nos dice hoy?

Vivimos en una época en la que resulta extraordinariamente fácil juzgar y reaccionar.

Las redes sociales permiten responder inmediatamente. Algunos espacios televisivos convierten el enfrentamiento en entretenimiento. Determinados estilos de comunicación política encuentran utilidad en la descalificación del adversario. Y esa misma lógica puede trasladarse después a la empresa, la familia, la pareja o nuestras conversaciones cotidianas.

Alguien me ataca y respondo atacando.
Me juzga y lo juzgo.
Me desacredita y lo desacredito.

Cada respuesta parece justificarse por la anterior.

Jesús introduce un freno en esa cadena. No un freno a nuestra libertad, sino precisamente a aquello que puede arrebatárnosla, la reacción automática.

El comportamiento del otro puede explicar nuestra primera reacción, pero no tiene por qué decidir nuestra respuesta.

El autocontrol puede ayudarnos a no devolver inmediatamente una agresión. Jesús va más lejos. Nos invita a preguntarnos cómo miramos a quien nos ha herido.

Porque podemos guardar silencio y continuar despreciando. Podemos evitar una discusión y seguir condenando interiormente.

Por eso el Evangelio no propone solamente controlar una reacción. Propone cambiar la referencia desde la que respondemos.

Jesús no nos pide que tratemos a los demás como nos tratan. Nos invita a tratarlos como Dios nos trata.

4. Para tu vida

Piensa en alguna relación en la que te hayas sentido herido, decepcionado, juzgado o tratado injustamente.

No se trata de negar lo sucedido ni de justificar aquello que estuvo mal.

Pregúntate:

Cuando alguien actúa contra ti, ¿hasta qué punto permites que su comportamiento decida la persona en la que tú te conviertes?

Feliz día.»

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