La verdadera sabiduría se demuestra viviendo

«Si entre vosotros alguien se precia de sabio o inteligente, demuestre con su buena conducta su amabilidad y su sabiduría.»

Santiago 3:13

Reflexión

1. ¿Qué quiso comunicar el autor?

Santiago plantea una pregunta aparentemente sencilla:
¿Quién es verdaderamente sabio?
Podríamos pensar que la respuesta depende de cuánto sabe una persona, de su capacidad para enseñar o de la solidez de sus argumentos.
Santiago dirige la mirada hacia otro lugar:
«Que muestre sus obras como fruto de la buena conducta».
Para él, la sabiduría no se demuestra únicamente mediante palabras. Tiene que poder reconocerse en la manera de vivir.
Y añade algo decisivo. Debe manifestarse «con la delicadeza propia de la sabiduría». El término utilizado puede traducirse también como mansedumbre o dulzura. No significa debilidad, sino una fortaleza que no necesita imponerse sobre los demás.
Los versículos siguientes completan esta idea. Frente a la envidia, la rivalidad y la ambición, Santiago describe una sabiduría, pacífica, comprensiva, conciliadora, misericordiosa, sincera y fecunda en buenas obras.
Su pregunta, por tanto, va mucho más allá de cuánto sabemos:
¿qué efecto tiene aquello que sabemos en nuestra manera de vivir?

2. ¿Cómo lo ha entendido la Iglesia?

La tradición cristiana ha distinguido siempre entre poseer conocimientos y alcanzar verdadera sabiduría.
San Gregorio Nacianceno advertía del peligro de querer convertirse demasiado pronto en maestro. Antes de enseñar a otros existe un camino de aprendizaje y transformación personal.
Santo Tomás de Aquino profundizó en esta misma intuición: “el sabio no es simplemente quien conoce muchas cosas, sino quien aprende a ordenarlas y juzgarlas desde una perspectiva más profunda”.
Por eso la sabiduría cristiana nunca ha sido solamente una cuestión intelectual.
Puede haber conocimiento sin humildad, experiencia sin capacidad de escuchar e incluso verdad expresada de una manera que termina alejando a los demás.
La unión que establece Santiago entre sabiduría y mansedumbre señala precisamente lo contrario, una persona puede tener convicciones firmes, enseñar, corregir o ejercer autoridad sin necesitar situarse por encima de los demás.
La verdadera sabiduría aspira a transformar no solo nuestra manera de pensar, sino también nuestra manera de vivir.

3. ¿Qué nos dice hoy?

Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible.
Un teléfono móvil permite acceder en segundos a libros, especialistas, investigaciones y opiniones sobre prácticamente cualquier cuestión. La inteligencia artificial ha multiplicado todavía más esa posibilidad.
Pero disponer de información no significa necesariamente haber adquirido sabiduría.
Podemos saber mucho sobre comunicación y no escuchar.
Conocer teorías sobre liderazgo y tratar mal a las personas.
Defender determinados valores y olvidarlos cuando resulta incómodo mantenerlos.
O tener respuestas para casi todo y haber perdido la capacidad de decir: «No lo sé».
Nuestra sociedad también nos invita continuamente a demostrar lo que sabemos: títulos, currículums, perfiles profesionales, publicaciones, opiniones o reconocimiento público.
Mostrar nuestras capacidades puede ser legítimo.
El problema comienza cuando demostrar competencia se convierte en necesidad de demostrar superioridad.
Santiago propone otro criterio.
Quien realmente sabe puede preguntar.
Puede escuchar.
Puede reconocer un error.
Puede cambiar de opinión.
Puede aprender de alguien con menos experiencia.
Porque quizá una de las señales de que un conocimiento ha madurado sea que ya no necesitamos utilizarlo constantemente para demostrar quiénes somos.
La sabiduría no se demuestra por lo que uno sabe, sino por aquello en lo que ese conocimiento le va convirtiendo.

4. Para tu vida

A lo largo de los años todos acumulamos conocimientos y experiencias.
Aprendemos estudiando, trabajando, relacionándonos con otras personas y, muchas veces, equivocándonos.
Algunas experiencias nos hacen más prudentes.
Otras pueden enseñarnos paciencia.
Determinados errores quizá nos ayuden a juzgar menos rápidamente.
Y probablemente todos conservamos conocimientos que comprendemos perfectamente con la cabeza, pero que nuestra manera de vivir todavía está aprendiendo.
Santiago propone hoy no preguntarnos únicamente cuánto sabemos.
Nos invita a observar qué huella ha dejado en nosotros aquello que hemos aprendido.

Si alguien no pudiera escuchar tus palabras y solo pudiera observar tu manera de vivir, ¿qué descubriría acerca de aquello que verdaderamente has aprendido?

Feliz día.

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